Si
nos tomamos algún tiempo para
observar a los animales, veremos que
tienen un gusto por la vida que parece
ocuparlos por completo en cualquier
cosa que hacen. El gato que se asea la
cola, el perro que corre detrás de
una pelota, el caballo que galopa por
la playa, el delfín que salta y se
sumerge: todas son acciones que
revelan energía y disfrute por el
simple hecho de estar vivos.
La
vida, decimos, es para disfrutarla,
pero ¿cuántos de nosotros tratamos
de llevar esta teoría a la práctica?
Solemos asociar el placer con la culpa
y así nos
apartamos del goce pleno del poder de
vivir. Liberarnos de nuestra
vergüenza y de los sentimientos de
inferioridad nos ayudará a liberarnos
a nosotros mismos. Si dejamos aflorar
la espontaneidad que recorre el reino
animal, descubriremos la alegría de
vivir.
Por ese motivo, qué bueno sería hacerse
tiempo para observar cómo juegan los
animales y aprender de su vitalidad y
su alegría.