La aparición del nuevo trastorno
alimentario llamado ortorexia no es
más que un signo de los tiempos
actuales.
Por el Dr. Alberto Cormillot
Nuestra cultura está en crisis,
eso no es novedad: la economía
no da respuestas a las inequidades,
la psicología no puede con
la desocupación, la sociología
no resuelve la inseguridad, los políticos
discuten el sexo de los ángeles
y no guían a nadie. Las utopías
desaparecieron. La ética del
trabajo se transformó en terror
a no tenerlo (o enriquecimientos poco
claros). La religión perdió
parte de sus antiguas fuerzas; la
solidaridad no es lo que era. “Todo
es igual, nada es mejor”. Reina
el descontento y el vacío interior.
¿En qué se relaciona
esto con la ortorexia? En la búsqueda
de una nueva tabla de salvación
personal. De alguna verdad que se
corporiza en la ilusión de
la juventud, la belleza y el bienestar
eternos. Aparecen los curanderos,
los manosantas, los gurúes,
la terapia y los suplementos alimentarios.
Los primeros suelen fracasar, la terapia
puede ser cara... ¿Cómo
salir?
¡Con yogur y germen de trigo!
Después de todo, la ciencia
y la publicidad así lo afirman...
La última década nos
proveyó fitoquímicos,
probióticos, antioxidantes,
sustitutos de la grasa, del azúcar
y casi también de la comida.
Y muchos enarbolan la bandera de la
comida sana como vía de escape
y estrategia de supervivencia.
Bajar la grasa, la sal y los aditivos
es bueno; aumentar la fibra, también.
Psicológicamente, es inofensivo.
El problema comienza cuando esto se
transforma en culto y despliega sombra
en otras áreas de la vida.
Eso es la ortorexia.
“Que el siglo 20 es un despliegue
de maldad insolente ya no hay quien
lo niegue”. ¿Qué
queda para el siglo 21? Cuando se
agote la ortorexia podríamos
ir a la genorexia, a salvarnos por
las terapias de manipulación
genética. A menos que sobrevenga
la revolución del darse cuenta
y podamos volver, entre otras cosas,
a los valores del trabajo serio, la
responsabilidad, la vida familiar
y la solidaridad.
(Publicado en revista Viva, junio
2002)