Enorme cantidad de veces tuvimos
la responsabilidad y la gran satisfacción
de ayudar a personas de mucho sobrepeso
y de muy pocos o ningún recurso.
La mayoría de ellos -miles,
atendidos por consultorios externos
o internados durante semanas, meses
y hasta más de un año-
no obtuvieron apoyo de su obra social,
prepaga (en muchos casos no tenían),
municipio o estado nacional. Durante
el tiempo que pudimos sostenerlo,
lo hicimos, pero llegó un momento
en que fue imposible continuar.
En variadas oportunidades conversamos
con autoridades para que se determine
oficialmente a la obesidad como una
enfermedad y se hagan valer los derechos
de estas personas. Señalamos
claramente que se deben pagar los
tratamientos, no subvencionar nuestra
institución. Consideramos que
el Estado no debe sostener nuestra
clínica, pero tampoco nosotros
debemos hacernos cargo de la acción
social y la salud, obligaciones estatales.
La obesidad y los obesos deben ser
tratados, en nuestra clínica
o en cualquier otra. Estimamos que
hay en la Argentina unos diez millones
de gordos: nosotros no podríamos
atenderlos a todos, de igual manera
que nadie podría atender a
todos los diabéticos o a todos
los hipertensos.
Las obras sociales y prepagas en
algunos casos cubren los tratamientos,
pero en general hay una contradicción.
Se pagan los tratamientos por complicaciones
de la obesidad (diabetes, hipertensión,
litiasis, hemorroides, várices,
artrosis de cadera, accidentes cerebrovasculares,
distintos tipos de cáncer que
genera, incluso depresión,
resultado de los abusos de anfetaminas,
hormonas tiroideas, diuréticos
y laxantes) y no el de la obesidad
misma.
Se puede argumentar que este tratamiento
en muchos casos es frustrante y difícil.
Pero también lo son el de diabetes,
sida, cáncer, enfermedad de
Parkinson o enfermedades neurológicas,
que son cubiertos por los distintos
servicios.
La obesidad es una epidemia que avanza.
Es muy difícil de tratar, pero
no imposible, y tiene muchas posibilidades
de control y recuperación.
Debe existir capacitación seria
en el área, se debe enseñar
en los colegios primarios y secundarios
qué es una alimentación
apropiada, de la misma manera que
se están haciendo otras campañas
interesantes para la salud. Es preciso
regular la publicidad de tratamientos
mágicos, y acabar con el infame
negocio de los pseudoespecialistas
y las farmacias que hacen recetas
magistrales de contenido incierto
y por las cuales esos médicos
perciben una participación.
El Estado, a través de sus
distintos actores, debería
estar dispuesto a hacerse cargo de
solucionar la situación.